En general, el mundo occidental tiene una visión deformada y parcelada de la mujer africana y no se mide el impacto que ese tipo de enfoque –que pretende presentarla como algo “exótico”- tiene en la definición de políticas de desarrollo. La realidad nos muestra que –lejos de ser un mero objeto para turismo-la mujer del continente negro transita hoy, como ninguna otra, el límite sutil que separa la vida y la muerte. No obstante esto y a pesar de las continuas guerras, de la indigencia extrema y del flagelo del Sida, todavía tiene fuerzas para levantarse y hacer oir su voz.
Referirse a la mujer africana, parece una empresa difícil. Podemos hablar de la vinculación de la mujer a la crisis alimentaria que, acentuada por la sequía, trae consigo hambre, desnutrición y muerte. O bien centrarnos en la larga lucha de la población femenina por adaptarse y sobrevivir en un sistema social conflictivo, que le plantea cada día nuevas demandas sin darle los medios para hacerles frente. El tema presenta múltiples posibilidades. En pocas décadas África sufrió transformaciones estructurales profundas, pasando de la colonización a la independencia, e insertándose en el sistema mundial como productor de bienes que no consume y consumidor de bienes que no produce. Este cambio ha golpeado especialmente a la población femenina y la discriminación contra la mujer parece haberse perpetuado.
Concebir a la mujer africana fuera de este marco no es sino una ficción, pero una ficción comúnmente aceptada, que desgraciadamente orienta muchos proyectos de desarrollo. La tendencia a ver a la mujer africana más como “mujer” -in abstracto- que como mujer de una región y grupo social específico, no es privativa de quienes se interesan por África. En general la mujer del Tercer Mundo es considerada desde la óptica deformante de la generalización y el paternalismo.
Y aquí se manifiesta la mayor discriminación contra la mujer: concebirla fuera de un proceso histórico concreto, que conforma un sistema de determinaciones e influencias, de problemas y demandas. Así se distorsiona el papel de la mujer en la sociedad africana. Y de continuarse por este camino, seguirá la mujer del Tercer Mundo tejiendo cestas y fabricando collares en aras del “color local”, mientras la “mujer-hermana” del mundo desarrollado decide la política de nuestros pueblos, tiene acceso a la educación e innovación científico-tecnológica y disfruta de un nivel de vida y bienestar social que es sólo prerrogativa de pequeñas élites del mundo en desarrollo.
El árbol que tapa el bosque
La tendencia de los países desarrollados (y también de muchos de los llamados “en vías de desarrollo”, entre ellos la Argentina) en tener una visión de la mujer del Tercer Mundo que comporta una mezcla de curiosidad y otro tanto de conmiseración. Sobre todo la mujer africana es percibida como exótica, objeto pasivo de fuerzas sociales e imperativos masculinos. Dentro de este contexto, manifestaciones culturales tales como prácticas ornamentales o ceremonias rituales son vistas desde una perspectiva folklórica y explotadas hasta la saciedad por el turismo.
Otras prácticas tradicionales, propias de la cultura africana, que en una época tuvieron una función económica y social (como la poligamia), son enjuiciadas a partir de patrones de comportamiento occidentales. De un Occidente que –por otra parte- no tuvo reparos en mantener durante décadas el más absoluto silencio sobre esa aberración llamada Apartheid, el sistema político que violo todos y cada uno de los derechos del pueblo negro surafricano. Sin embargo, la realidad del pueblo africano en general y de la mujer en particular, dista mucho de ser una colorida postal turística.
La mujer debe hacer frente –a cada minuto de su vida- a una larga ristra de problemas que, realmente, ninguno de los que habitamos estas tierras podemos siquiera imaginar. La lista toca todos los ítems: población, salud, guerras, violaciones, educación, hambrunas y el enfrentamiento mayor contra el enemigo incontrolable: el SIDA. Según datos del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (Onusida) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), el continente africano –centro de epidemia- tiene más de 23 millones de hombres, mujeres, niñas o niños infectados, de los cuales dos millones mueren al año.
Divide y reinarás
El Tercer Mundo ha sufrido ya la experiencia del “dividir para reinar” y, África en particular, tiene el recuerdo aún fresco de la exacerbación de rivalidades étnicas para facilitar la penetración colonial. Si en cualquier parte del mundo las guerras tienen terribles consecuencias, la mujer africana ve como –cuando le toca- esto se eleva a la décima potencia: no sólo ayudan los conflictos armados a dar forma a las actitudes masculinas hacia la mujer, sino también en la formación de la autoimagen de las mujeres.
Las humillaciones a que son sometidas las parejas de los varones derrotados en la guerra son difíciles de describir: es común que, ante el fracaso militar, den escape a sus frustraciones violando y torturando a las mujeres. Esta conducta, también se puede observar en Sudáfrica, donde los hombres que eran oprimidos por razones de raza y clase decidieron ejercer un dominio sobre las mujeres y menores.
Las persistentes guerras civiles de Burundi, Ruanda, Congo y Angola han generado una gran flujo de refugiados, en su mayoría mujeres. Este fenómeno produjo lo que se conoce como el “casamiento por hambre”, en que las mujeres se casan por pura necesidad de supervivencia, como ocurre en Tanzania, donde las mujeres de Burundi se lo hacen para sobrevivir. El impacto que tiene la guerra para las mujeres africanas es un punto frecuentemente omitido y sin embargo, crítico: la seguridad psicológica, social, económica y física de la mujer –a la fecha- está lejos de permanecer salvaguardada.
Por Marcelo Malagraba
Buenos Aires, Argentina.
Avenida 9 de julio, Septiembre de 2007
jueves, 13 de diciembre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario