Buenos Aires, Argentina.

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Avenida 9 de julio, Septiembre de 2007

martes, 18 de diciembre de 2007

Hacer con ellos el camino


El modelo dominante de globalización que el mundo viene soportando hace ya varios años ha generado condiciones de exclusión cultural, social, política y económica nunca vistas con anterioridad. Empobrecimiento, injusta distribución de la riqueza, conflictos civiles (a menudo violentos), guerras, desastres naturales cada vez más frecuentes... Los grandes flujos migratorios en América Latina y el resto del mundo se deben a la suma de los factores mencionados.

Para colmo, la desigualdad económica en las sociedades de los países de destino se ha convertido en los últimos años en un agente más de ataque contra poblaciones migrantes, en la medida en que sectores políticos anti-inmigración culpan a los extranjeros por dicho patrón de deterioro.
Es como si los gobiernos se empecinaran en despojar a los migrantes de su dignidad de ser humano. En este sentido no son pocas las leyes que -en forma equivocada- parten de la premisa que los migrantes son una amenaza y es por eso que se intenta criminalizar la condición de ser indocumentados. Otros países, directamente, levantan muros para mantener a los migrantes alejados de su territorio. Y no son pocos los migrantes que han muerto a manos de cuerpos de seguridad y patrullas fronterizas.

El Día Internacional del Migrante, debería permitirnos reflexionar sobre esta realidad para que podamos superar como sociedad los mitos equivocados acerca del impacto de las migraciones. Para que avancemos en el pleno respeto de sus derechos como seres humanos y ciudadanos del mundo. Para que la soñada "fraternidad universal" entre hombres, pueblos y naciones deje de ser sólo una frase ampulosa.

La injusticia de la discriminación crea desigualdades. Superar esa discriminación debería ser, entonces, nuestro desafío.

Por Marcelo Malagraba

viernes, 14 de diciembre de 2007

Africa: La mujer olvidada (Parte II)

Tierra, economía y género

Según denuncia el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), “desde una perspectiva mundial, las mujeres constituyen la mitad de la humanidad y aportan las dos terceras partes de las horas de trabajo del mundo, sin embargo, ganan sólo una tercera parte del total de los ingresos y poseen menos de una décima parte de los recursos mundiales”. En Africa, también esta situación está exacerbada.

La pobreza ha empeorado en África en los últimos 10 años y los problemas de género ayudan a que esto sea así. Las mujeres son los verdaderos campesinos en África, ya que ellas realizan por lo menos el 70% del trabajo agrícola y la agricultura es de lejos la principal fuente de empleo en muchas de las economías africanas. No obstante, la mayor parte de los ingresos que provienen de la labor económica es controlada por los hombres. Para las Naciones Unidas “no hay duda de que la falta de acceso de la mujer a los recursos productivos de índole económica –y su falta de control de éstos, del derecho de propiedad y de los derechos a la tierra— sí obstaculizan en alto grado la lucha contra la pobreza en África”.

A pesar de la relevancia de la mujer en la producción alimentaria, su acceso a la innovación tecnológica y a los sistemas de crédito es prácticamente inexistente. La mayor parte de los recursos productivos son canalizados hacia los productos de exportación, mientras la mujer continúa explotando tierras marginales con herramientas y tecnologías tradicionales, de baja productividad.

La participación laboral femenina aumenta debido a la migración masculina, sector que busca trabajo en las áreas urbanas. La OIT estima que en algunos países africanos entre la cuarta y la tercera parte de los hogares rurales tiene una mujer como jefe de familias. En estos casos, aún cuando la mujer tiene la responsabilidad del hogar, muy raramente goza de la propiedad de la tierra, hecho que dificulta su acceso al crédito y los servicios de extensión.


En el último Encuentro Panafricano por los Derechos de la Mujer, la parlamentaria de Ghana, Hawa Yakubu, instó a los gobiernos africanos a impulsar políticas que permitan el desarrollo económico de las mujeres. “He visto a las mujeres vivir en la inseguridad, el temor, las privaciones y las carencias –dijo-. Si la seguridad humana supone satisfacer las necesidades humanas básicas, entonces estamos fallando en este punto”.

Algunos indicadores

África cuenta con el 10.8% de la población femenina mundial y con el 14.7% de la población femenina del Tercer Mundo. La mujer africana tiene la tasa de fertilidad más alta del mundo: 6,4. Así, la mujer africana tiene en promedio entre 6 y 7 hijos nacidos vivos durante su vida reproductiva, comenzando con una maternidad muy temprana y teniendo hijos hasta entrada la menopausia. Aparte del récord de fertilidad cuenta también con la tasa de mortalidad más alta del mundo y la más baja esperanza de vida al nacer. Se considera que vive 26 años menos que la mujer del mundo desarrollado y 16 menos que la mujer latinoamericana, a pesar que su longevidad ha aumentado considerablemente en los últimos años, pasando de 37.5 años entre 1950/1955, a 50 a mediados de 1980.

Uno de los graves problemas que enfrenta la sociedad africana es el de la mortalidad infantil: mueren 151 niños menores de un año de edad de un total de 1000 nacidos vivos y 129/1000 niñas. Esto constituye un claro indicador de las condiciones de vida infrahumanas de extensos grupos de la población.

La salud de las mujeres embarazadas y en período de lactancia en África es un aspecto que merece especial atención. La tasa de mortalidad materna va desde 300 al 500 por 100.000 nacimientos en África Sub-Saheliana. En algunas regiones de Etiopía esta cifra sube hasta 2000/100.000. Esto es entre 30 y 200 veces la tasa de los países industrializados. Un alto porcentaje de las mujeres embarazadas sufren de anemia, que causa debilidad y fatiga hecho que no las libera de sus jornadas habituales de trabajo intensivo hasta el momento mismo del parto. La proporción de mujeres cuya concentración de hemoglobina se encuentra bajo lo normal es de 40% para África. El deterioro nutricional de la madre afecta el crecimiento del feto y en África un 14% de los recién nacidos tiene un peso inferior a lo normal.

La discriminación que sufre la mujer es directamente proporcional a la elevada tasa de vulnerabilidad de las mujeres de contraer el virus VIH/SIDA. El VIH/SIDA está aumentado muy rápido entre las mujeres. En África las mujeres representan más del 57% de las nuevas personas infectadas. En muchos casos las mujeres simplemente no tienen derecho a cuidarse. No tienen la posibilidad de decir no. También hay otros factores que aumentan su vulnerabilidad, tales como la dependencia económica, las costumbres socioculturales y las cuestiones jurídicas.

Con respecto a la educación hay que señalar la existencia de un 77% de analfabetismo femenino, contra un 51% de analfabetismo masculino. En África el ingreso femenino a la educación primaria es de un 60% contra un 68% masculino. A nivel secundario la proporción es de 11% para las mujeres y 21% para los hombres. La deserción escolar femenina en los tramos educacionales superiores es muy alta en África debido al matrimonio temprano, embarazo, necesidad de ayudar o hacerse cargo de las tareas del hogar, desempeño de actividades remuneradas, trabajo agrícola de subsistencia, recolección de agua y leña, cuidado de los hermanos menores, etc. A estos inconvenientes se suman la temprana discriminación que se ejerce sobre la mujer, privándola y restringiéndola sólo a ciertos campos tales como economía doméstica, trabajo social, enfermería, enseñanza, etc.

A pesar de todo


Pero la mujer africana, inmersa como vimos en una sociedad que no la tiene en cuenta, ha tenido un rol preponderante en la misma, en la generación de medios de subsistencia -aún en las condiciones más adversas-, en la preservación del patrimonio cultural, en la participación en movimientos sociales y políticos que buscan cambiar el curso de la historia. Estas y tantas otras realizaciones se han dado bajo el signo de una discriminación de sexo, de clase y de subordinación dentro del sistema internacional. En todos los casos ha demostrado su capacidad de actuar como agente de cambio, a pesar de estar lejos de las políticas y de los instumentos que podrían facilitar ese proceso. En esta lucha por el desarrollo y la igualdad, la mujer del Africa ha demostrado históricamente su capacidad e ingenio, que se tornarán más y más importantes para el futuro de la humanidad a medida que la población femenina del Tercer Mundo crece.

Por Marcelo Malagraba

jueves, 13 de diciembre de 2007

AFRICA: La mujer olvidada (Parte I)

En general, el mundo occidental tiene una visión deformada y parcelada de la mujer africana y no se mide el impacto que ese tipo de enfoque –que pretende presentarla como algo “exótico”- tiene en la definición de políticas de desarrollo. La realidad nos muestra que –lejos de ser un mero objeto para turismo-la mujer del continente negro transita hoy, como ninguna otra, el límite sutil que separa la vida y la muerte. No obstante esto y a pesar de las continuas guerras, de la indigencia extrema y del flagelo del Sida, todavía tiene fuerzas para levantarse y hacer oir su voz.

Referirse a la mujer africana, parece una empresa difícil. Podemos hablar de la vinculación de la mujer a la crisis alimentaria que, acentuada por la sequía, trae consigo hambre, desnutrición y muerte. O bien centrarnos en la larga lucha de la población femenina por adaptarse y sobrevivir en un sistema social conflictivo, que le plantea cada día nuevas demandas sin darle los medios para hacerles frente. El tema presenta múltiples posibilidades. En pocas décadas África sufrió transformaciones estructurales profundas, pasando de la colonización a la independencia, e insertándose en el sistema mundial como productor de bienes que no consume y consumidor de bienes que no produce. Este cambio ha golpeado especialmente a la población femenina y la discriminación contra la mujer parece haberse perpetuado.

Concebir a la mujer africana fuera de este marco no es sino una ficción, pero una ficción comúnmente aceptada, que desgraciadamente orienta muchos proyectos de desarrollo. La tendencia a ver a la mujer africana más como “mujer” -in abstracto- que como mujer de una región y grupo social específico, no es privativa de quienes se interesan por África. En general la mujer del Tercer Mundo es considerada desde la óptica deformante de la generalización y el paternalismo.

Y aquí se manifiesta la mayor discriminación contra la mujer: concebirla fuera de un proceso histórico concreto, que conforma un sistema de determinaciones e influencias, de problemas y demandas. Así se distorsiona el papel de la mujer en la sociedad africana. Y de continuarse por este camino, seguirá la mujer del Tercer Mundo tejiendo cestas y fabricando collares en aras del “color local”, mientras la “mujer-hermana” del mundo desarrollado decide la política de nuestros pueblos, tiene acceso a la educación e innovación científico-tecnológica y disfruta de un nivel de vida y bienestar social que es sólo prerrogativa de pequeñas élites del mundo en desarrollo.

El árbol que tapa el bosque

La tendencia de los países desarrollados (y también de muchos de los llamados “en vías de desarrollo”, entre ellos la Argentina) en tener una visión de la mujer del Tercer Mundo que comporta una mezcla de curiosidad y otro tanto de conmiseración. Sobre todo la mujer africana es percibida como exótica, objeto pasivo de fuerzas sociales e imperativos masculinos. Dentro de este contexto, manifestaciones culturales tales como prácticas ornamentales o ceremonias rituales son vistas desde una perspectiva folklórica y explotadas hasta la saciedad por el turismo.

Otras prácticas tradicionales, propias de la cultura africana, que en una época tuvieron una función económica y social (como la poligamia), son enjuiciadas a partir de patrones de comportamiento occidentales. De un Occidente que –por otra parte- no tuvo reparos en mantener durante décadas el más absoluto silencio sobre esa aberración llamada Apartheid, el sistema político que violo todos y cada uno de los derechos del pueblo negro surafricano. Sin embargo, la realidad del pueblo africano en general y de la mujer en particular, dista mucho de ser una colorida postal turística.

La mujer debe hacer frente –a cada minuto de su vida- a una larga ristra de problemas que, realmente, ninguno de los que habitamos estas tierras podemos siquiera imaginar. La lista toca todos los ítems: población, salud, guerras, violaciones, educación, hambrunas y el enfrentamiento mayor contra el enemigo incontrolable: el SIDA. Según datos del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (Onusida) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), el continente africano –centro de epidemia- tiene más de 23 millones de hombres, mujeres, niñas o niños infectados, de los cuales dos millones mueren al año.

Divide y reinarás

El Tercer Mundo ha sufrido ya la experiencia del “dividir para reinar” y, África en particular, tiene el recuerdo aún fresco de la exacerbación de rivalidades étnicas para facilitar la penetración colonial. Si en cualquier parte del mundo las guerras tienen terribles consecuencias, la mujer africana ve como –cuando le toca- esto se eleva a la décima potencia: no sólo ayudan los conflictos armados a dar forma a las actitudes masculinas hacia la mujer, sino también en la formación de la autoimagen de las mujeres.

Las humillaciones a que son sometidas las parejas de los varones derrotados en la guerra son difíciles de describir: es común que, ante el fracaso militar, den escape a sus frustraciones violando y torturando a las mujeres. Esta conducta, también se puede observar en Sudáfrica, donde los hombres que eran oprimidos por razones de raza y clase decidieron ejercer un dominio sobre las mujeres y menores.

Las persistentes guerras civiles de Burundi, Ruanda, Congo y Angola han generado una gran flujo de refugiados, en su mayoría mujeres. Este fenómeno produjo lo que se conoce como el “casamiento por hambre”, en que las mujeres se casan por pura necesidad de supervivencia, como ocurre en Tanzania, donde las mujeres de Burundi se lo hacen para sobrevivir. El impacto que tiene la guerra para las mujeres africanas es un punto frecuentemente omitido y sin embargo, crítico: la seguridad psicológica, social, económica y física de la mujer –a la fecha- está lejos de permanecer salvaguardada.


Por Marcelo Malagraba

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Más de un millón de nietos de emigrados podrán acceder a la ciudadanía española

Ayer el congreso español aprobó finalmente una ley que beneficiará a los descendientes de inmigrantes españoles que debieron abandonar el país durante la Guerra Civil.

Clarín (Argentina) http://www.clarin.com/diario/2007/12/11/um/m-01562070.htm

La Nación (Argentina) http://www.lanacion.com.ar/970251