Buenos Aires, Argentina.

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Avenida 9 de julio, Septiembre de 2007

jueves, 10 de enero de 2008

DISCRIMINACION: Un desafío de nuestro tiempo

A casi 60 años de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, la brecha entre los grandes principios asumidos por las Naciones Unidas y la dramática realidad de discriminación, segregación y servidumbre que sufren millones de hombres, mujeres y niños, se amplía cada vez más.

¿Qué pasó? Hoy sabemos que no todas las personas que “nacen libres e iguales en dignidad y derechos” tienen la posibilidad de alcanzar el mismo grado de realización personal y que a muchos pueblos se les coarta la posibilidad de alcanzar su pleno desarrollo. Numerosos pueblos son manipulados por las grandes potencias, que los dominan con su poder político, económico, financiero y militar, explotándolos y sumergiéndolos en la dependencia y la marginación. La injusticia de las discriminaciones crea desigualdades, por lo que la soñada “fraternidad universal” entre hombres, pueblos y naciones se quiebra.

En nuestro vapuleado mundo, millones de personas padecen la injusticia de las discriminaciones por cultura, raza, nivel de vida, clase social, sexo, edad, actividad productiva, etc., tan sutilmente incorporadas a nuestra sociedad y modo de ser que las dejan en la más completa indefensión. Por otra parte, millones de personas son tratadas hoy como se trataba a los leprosos hace siglos: prostitutas, borrachos, drogadictos, enfermos de SIDA, homosexuales… son segregados de nuestra sociedad. Estas injusticias marginan a las personas y las atropellan en su dignidad.

Claro que no todo es cuestión de echarle la culpa a “las grandes potencias” o –más concretamente– a “la sociedad”, dado que todos formamos parte de ella. Muchas veces en forma inconsciente y muchas veces sabiendo claramente lo que hacemos y decimos, cada uno de nosotros fomenta discriminaciones y prejuicios, encasillando a los otros, poniendo trabas en las relaciones, desvalorizándolos y haciendo diferencias entre las personas.

¿Por qué hablar de discriminaciones?

Como ya dijimos, la discriminación atenta contra los derechos de las personas y de los pueblos, atropella su dignidad y desconoce su derecho a vivir y a proyectarse. La discriminación separa a las personas y a los pueblos por el ansia de poder de unos en detrimento del bien de otros. Y por sobre todo, aumenta el sufrimiento y la opresión de los más humildes, sometiéndolos aún más a la desvalorización por indiferencia, menosprecio y subestimación.

¿Qué es un prejuicio? Según el diccionario, llamamos prejuicio a la “acción y acto de prejuzgar”. A su vez, prejuzgar es “juzgar las cosas antes del tiempo oportuno, o sin tener cabal conocimiento de ellas”. Todos, pero absolutamente todos, ejercitamos el prejuicio, ya que muchas veces, antes de pensar, caratulamos a los demás. Por ejemplo, ¿quién no dijo alguna vez la bendita frase “son cosas de… (chicos, viejos, negros, curas, mujeres, etc.)”?

El prejuicio ya era ejercitado en los tiempos bíblicos y seguramente lo encontraríamos si husmeamos incluso en culturas y tiempos muy anteriores al comienzo de la era cristiana. Superar las discriminaciones es un desafío. Este desafío exige un cambio de corazón y una apertura mental. Aceptar este desafío supone convertir la indiferencia en sensibilidad, el individualismo en solidaridad, el rechazo en aceptación, la subestimación en valoración y el egoísmo en amor.

Por eso debemos revisar cuáles de nuestras actitudes evidencian o no, la aceptación del aporte valioso e insustituible de todos y cada uno, sea quien sea en la construcción de la sociedad.

Por Marcelo Malagraba

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